lunes, 6 de junio de 2011

Tributo a doña boni


Bonifacia Romo, era su nombre, vivió en Guadalajara los últimos 85 años de su vida, era una mujer ejemplar, tuvo (de su vientre) 16 hijos y cuando la otra mujer del bisabuelo murió, recogió otros 16 (nunca hizo distingos entre unos y otros, es más en alguna ocasión que le pregunté por dos de las tías contestó “ambas son mías y si no, pues son mias”)
Doña boni tuvo problemas gástricos en su juventud y un médico (de esos de pueblo) le recomendó una cerveza al tiempo antes de comer. Ya más adelante en su vida, se le presentaron problemas de anemia (pues imagínense 34 bocas que alimentar) y ya en Guadalajara, un dotor le recomendó una pollita en ayunas. En la década de los 70 (ya muy grande ella) tuvo problemas de insomnio y “alguien” le dijo que un coñac antes de dormir era un excelente remedio.
Cuando yo la conocí (era mi bisabuela) ya era una señora grande (muy grande a pesar de su estatura) y todas las mañanas salía de su casa con una bolsa para ir al mercado, ahí pedía y se tomaba su polla todas las mañanas, regresaba a casa para poner café y preparar un desayuno para unas 20 personas (llegaban algunos de los hijos borrachos y aun vivían ahí dos de sus hijas, ade4más en vacaciones nietos y bisnietos íbamos de visita, la olla de café era de barro como de unos 20 litros (pues además de sus remedios, el café era su vicio)
Recuerdo que se servía su jarrito de café y le sorbía, para depositarlo en el piloto de la estufa (pues “el café sólo se toma caliente”, nos decía su sabia voz)
Doña boni tenía un patio enorme y en una pared completa había colocado maya ciclónica para sus pajaritos (yo creo que era cientos de ellos) así que después del desayuno: barría su jardín, regaba sus plantas y hacía la limpieza de aquella inmensa jaula improvisada en una de las paredes de su casa.
En torno del medio día, doña boni retiraba una cervecita (de esos barrilitos pequeños) y la colocaba en la inmensa barra de su cocina, iniciaba el proceso de preparación de alimentos para la comida, recortaba y lavaba verduras, remojaba granos, limpiaba carne (recuerdo mucho la quema de las plumas (los tallos de pluma que se le quedaban al pollo)
Era un ciclón y no permitía que nos acercáramos “es muy peligroso que estén aquí” decía, “vayan (sen) allá fuera”, terminaba.
Nunca, absolutamente nunca le vi una mueca de enojo, dolor, tristeza (era como un robot, trabajaba y trabajaba todo el día, en ocasiones el tío Luis (el mas pequeño de sus hijos) iba por ella los domingos para llevarla a Tequila o a Chapala o a Zapopán, esa era su mayor distracción, además (como todo en su vida) lo disfrutaba enormemente.
Siempre recordaba fechas importantes, era como un ejercicio de memoria que le permitía estar activa, era como resolver crucigramas en su mente, para que no perdiera su función.
En su casa en los años sesenta había una televisión, en un cuarto de televisión y nos permitía verla dos horas diarias (sin excepción) y a las 18 horas en punto se acercaba a nosotros con su copa de coñac y se sentaba en su sillón (todo desvencijado) y ponía su copita en su mesita (un banco de tres patas y se tomaba a sorbitos muy pequeños todo el contenido de su copa (en unos 28 minutos), se levantaba y apagaba la TV para decir “es hora de dormir”, nos vemos mañana “si dios quiere”
Era una mujer activa desde las 5 ama hasta las 7 pm limpiaba su jaula de pájaros, barría y regaba su jardín barría su azotea, recogía sus verduras, cortaba aguacates. A pesar del inmenso dolor de haber perdido varios hijos (que fallecieron antes que ella) siempre mostraba fortaleza, no había que le hiciera flaquear, no tenía debilidades (excepto claro sus alcoholes), ahora que la recuerdo, sólo tengo buenos recuerdos de ella, y le agradezco infinitamente sus enseñanzas.

1 comentario:

  1. Los recuerdos de nuestros ancestros, son eso recuerdos, muchas veces, están cargados de imaginación y de mentiras. Pero en hora buena, las enseñanzas cuando se guardan no valen la pena, pero cuando se recuerdan a cada momento son muy útiles.

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